jueves, 17 de septiembre de 2009

* Miedos de un adolescente desconocido

Cuando me acuesto y sólo me acompaña el rumoroso silencio de la noche, no me asusta ya la oscuridad, ni los infantiles fantasmas que se esconden en las sombras. Lo que de verdad me da miedo es que regrese la mañana y, con ella, el colegio, los compañeros y la violencia. Acoso, tortura con palabras, puñetazos, narices y puños rotos, sangre derramada…

La obligación de la juventud es aprender, reírse, conocer a otras personas, indagar con los sentidos, enamorarse… Dios mío, entonces… ¿Por qué todo esto? La única solución que quieren imponerme es a base de golpes. Es mejor, es más valiente aquél que pega antes y más fuerte.

Sí, cuando me acuesto por las noches tengo miedo y son muchas las ocasiones en que también siento repulsa y, casi todas, las que me duermo pronunciando, como últimas palabras: ¡Qué asco!

Luego llega la mañana y con ella las preguntas inevitables:
- ¿Por qué los adultos no hacen nada?
- ¿Por qué siguen pronunciando maravillosos discursos de falsa tolerancia, mientras continúan mostrándonos películas donde el protagonista, el bueno, es el que más seres humanos asesina?
- ¿Por qué permiten una televisión donde conseguir audiencia pasa por discutir a gritos, insultar al prójimo, faltarle al respeto y machacarlo siempre?
- ¿Acaso las últimas imágenes que han dado la vuelta, una y mil veces, por todos los canales televisivos donde se contempla una pandilla de soldados acribillando a palos a unos civiles, no deberían estar restringidas?
- ¿Por qué se empeñan en mostrarnos que la valentía y la hombría pasa por los puños y no por el cerebro? ¡Qué modo tan febril de conquistar la verdad!
- ¿A qué esperáis, padres, profesores, políticos, artistas y zapateros para sentaros a hablar y decidir?
- ¿Acaso los jóvenes hemos llegado a ser tan violentos que, incluso, os damos miedo?
-¿Cómo no va a existir violencia verbal y física contra el homosexual de mi clase, el gordito que se sienta junto a mi mesa, el magrebí que ha llegado nuevo al colegio o la fea de la pandilla, si vosotros nos estáis enseñando que el homosexual, el gordo, el magrebí y la fea son despojos, son los ciudadanos de segunda, son los perdedores?

Si la partida se juega así, tengo que deciros que éste es un juego muy sucio y yo prefiero romper la baraja para no seguir jugando.

Por eso, hoy quiero manifestar que estoy de parte del magrebí, del gordo, de la fea y del homosexual, porque me gustaría seguir considerando que los amos del mundo son los buenos de corazón y éstos no pueden ser jamás los que golpean.

Serían tan fácil si aprendiéramos a admitir a cada cual con sus defectos y sus virtudes; si consideráramos que cada ser humano es único, distinto e irrepetible; si nos enseñarais a contemplar con deleite aquello que nos une, pero también lo que nos separa…

Sería tan fácil que yo podría dormir en paz todas las noches.

(El documento que acabas de leer no es más que un conjunto de pequeñas reflexiones que imaginé, mientras las escribía, en boca de un adolescente desconocido. El texto sirvió en la gala de los Premios Al- Ándalus, celebrada el 18 de febrero de 2006, para mostrar la repulsa contra la violencia en las aulas y fue leído, a petición mía, por un alumno entonces de 2º de bachillerato, perteneciente al centro donde ejerzo como docente).

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