viernes, 16 de abril de 2010

* LA ENFERMEDAD


Tras cinco días (con sus respectivas noches) inmersa en la taciturna vida hospitalaria, a la orilla de una cama, esperando la lenta recuperación de un anciano octogenario, la experiencia del paso parsimonioso del tiempo es la primera sensación que asalta el corazón. A continuación, cuando el tedio se ha enquistado en cualquiera de todos los poros de la piel, vienen a ti otros sentimientos, a los que, en ocasiones, se evoca con silente agrado y de los que, en otras, uno trata de huir con pavoroso denuedo. Los recuerdos de momentos pasados brotan por pasillos y paredes, como manojos de hermosas amapolas silvestres unos, a la vez que como hostiles cardos borriqueros los otros. Seres deformes parecen querer atraparte, antes de que el siguiente recodo te coloque justo enfrente del ascensor, cuyo final termina en el mismo lugar donde comencé este caminar. A veces, el miedo me bloquea y huyo, incluso me sorprendo corriendo en despavoridas zancadas que me conducen a otra planta. Menos mal, pienso; no obstante, idénticos pasillos, paredes, monstruos y dragones se me acercan, con la intención de engullir mi ánimo y hacerme sucumbir al pavor.
El más lacerante dolor nace cuando al final del pasillo no encuentro al anciano que me ha conducido a este terrorífico lugar, sino que mi hallazgo es muy diferente. Un niño encuentro de repente, un ser pequeñito cuya cabeza, desprovista de cabellos por efecto de la radioterapia, devuelve en mí el recuerdo de la infancia que yo sí viví. Entonces, me avergüenzo y los espectros más terribles desaparecen por encanto, cediendo paso a la bullente realidad. A continuación, abrazo al chiquillo con ternura y al anciano, después.

Este portátil, este blog, los libros, las palabras y los niños, al final del equivocado pasillo, llenan los días extraños de esperanza.

Tras los ventanales, siempre, de manera imprescindible, flores y más flores...

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