jueves, 5 de agosto de 2010

* AUNQUE LOS ÁRBOLES TENGAN RAÍCES...


Estos días de sosegado reposo estival, inmersos en la languidez soporífera del amarillento maizal... Estas noches embriagadas de ardor, embaucadas por los dedos luengos del fragoroso jazmín... Este calor, fulminante y pertinaz, ha roto los presidios de mi corazón, permitiéndole huir, con la ayuda de la memoria, hacia los recónditos días de juventud. Entonces, la nostalgia de la cautivadora Córdoba fluye entre las imágenes de mi adolescencia, retornando con la forma que poseen los recuerdos dulzones. Sus callejuelas estrechas y empedradas, al auspicio de casas solariegas, sus misteriosos recodos en la vieja judería, los ojos negrísimos de sus varones, que enredan sus zarpas robustas en la insaciable boca, conquistada con besos rotundos... Los libros entre las manos, los versos enredados en el alma, los labios de rojo carmín...
Hoy he buscado la Córdoba de mis recuerdos y no la he hallado. Otros hombres, otras mujeres han transformado para siempre sus edificios, sus calles, sus casas, sus amorosos recovecos. Por un instante, la tristeza ha hecho presa en este melancólico corazón y una lágrima rota ha escapado ensimismada de repente. No quiero volver a los campos estériles de la tristeza, lo sé. Comprendo, al fin, que si los árboles hunden sus raíces esclavizándose a la tierra que los vio crecer, yo tengo dos piernas para caminar por ella. Este pensamiento me ayuda a sonreír otra vez.

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