miércoles, 22 de septiembre de 2010

*MI VIEJA ORBEA VERDE


A lo largo de toda mi infancia tuve un sueño. Miento, en realidad, tuve infinidad de ellos; no obstante, el que recuerdo con mayor nostalgia es el ardiente deseo de poseer mi propia bicicleta. Quizás porque no lograría conquistarlo hasta bien entrada la juventud, ya que la familia a la que pertenecía era bastante humilde y muchas otras prioridades debían ser atendidas de manera perentoria antes que mis caprichos. Recuerdo como un brillante atardecer de junio, al asomarme a la puerta de mi casa con la intención de comprobar cuánto más tardarían mis padres de sus compras, vi a lo lejos un matrimonio acercarse con paso rápido y una sonrisa en los labios. El hombre sujetaba una bicicleta y los que mostraban su felicidad eran mis padres. No se celebraba ninguna fecha especial, digna de ningún presente, sin embargo, ellos gastaron lo que a duras penas habían ido ahorrando con lentitud e ilusión en una Orbea verde para mí. Aquella visión no la olvidaré jamás y la viví con la absoluta seguridad de que les estaría en deuda durante el resto de mi vida. Y así ha sido, desde luego.
El curso pasado experimenté frente a mis alumnos algo a lo que no supe dar explicación en el preciso instante que lo presenciaba y la sensación que me produjo hube de llevármela a mi casa para reflexionarla con parsimonia. Les proponía un concurso literario que organizaba otro centro educativo al que les invitaba, con objeto de que participasen, tratando de motivarles con el que a mí me resultaba un premio fabuloso: una bicicleta de carreras. Cuando me hubieron oído, se echaron masivamente a reír y contestaron que no se pringarían para tan solemne tontería. ¡Cuán vieja me sentí!
Hoy se celebra el día sin automóviles y quizás debía rescatar la vieja Orbea verde del bául de tan lejanos recuerdos para estrenar una nueva vida más saludable. Tal vez, quizás, vaya siendo hora...

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