martes, 7 de diciembre de 2010

* QUERIDA MADRE:


Otra mujer ha sido asesinada bajo el estigma de la violencia machista en este largo fin de semana y, además, era madre de un niño. Desde la perspectiva de éste o cualquier otro chiquillo (tal y como está concebida mi epístola) me gustaría recordar que, junto a las mujeres, hay unas vícitmas inocentes que no debemos ignorar: LOS HIJOS. Y como soy escritora, a continuación alzo mi voz del modo en que sé hacerlo, escribiendo:

QUERIDA MADRE:

"No es necesario que te diga que eres la persona más importante de mi vida y hoy, agazapada entre estas dolorosas letras, me refugio en los recuerdos amorosos que me ligarán a ti hasta el fin de mis días. Por eso, entre mis plegarias siempre apareces tú, diáfana y amorosa. Incluso en los instantes más terribles, ahí estás para arrastrarme presurosa a la serranía límpida de tus besos. Y por eso, nuevamente hoy, te ruego que intercedas por mí para que ellos sean cariñosos conmigo, que me abracen y me besen continuamente. Necesito tanto todas sus caricias.
Cuando tales ensoñaciones sobre mis imaginarios padres adoptivos hacen acto de presencia, al unísono, me embarga un potente sentimiento de culpabilidad. A medida que aumentan mis ansias por conocerlos, por tenerlos a mi lado, por permitirles acceder a los recovecos de mi soledad, la memoria de los míos se hace más y más pequeña, debilitándose lentamente, hasta terminar desapareciendo por completo. Es el momento en que una serena paz invade mi alma, aniquilando de este modo ese vetusto pavor, cuyo portentoso miedo ha arruinado todos los rincones de mi infancia.
- Pagarás todo el daño que me has provocado. – Me dijo encolerizado aquella tarde plomiza de octubre. No dejaré que estés tranquila ni un sólo día más en toda tu vida. – Y sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron envenenados en los míos.
Aquella tarde, llegué del colegio y cuando abrí la puerta de casa ni siquiera os percatasteis de mi presencia. Solía ser así a menudo. Nada que merendar, como cada tarde, ningún beso que recibir, ni una afable palabra o una mirada de complicidad. Nada. Entonces era cuando me inundaba ese fatídico sentir que me obligaba a pensar lo poco valiosa que mi existencia era. Y siempre, al final, la odiosa pregunta sin respuesta… ¿Por qué, a mí?
Como cada día, iba directa a mi habitación. Sabía que no debía detenerme. En el camino hacia mi pequeña guarida estaba el salón y en él, vosotros discutíais a gritos. En ocasiones, me cuestionaba si no esperabais a que yo llegase para… Era difícil convencerse de que, a diario, hubiese motivos para tanta discusión. Aquella tarde, todo parecía tan igual a otros atardeceres pasados…
Cuando comenzaste a llorar, como solía ocurrir, a arrodillarte, suplicándole que te perdonara por las lentejas saladas, el filete crudo o el escote demasiado grande, él empezó a vociferar con mayor potencia aún, como siempre. Porque con tu debilidad, tu esposo se crecía. A continuación, el escandaloso estruendo de las cosas que se te caían de las temblorosas manos se hacía incesante. Platos llenos de comida y vacíos, cubiertos procedentes de la mesa y de los cajones, ollas, sillas, cuadros…, brincaban enloquecidos por toda la habitación. Al final, siempre los golpes. Yo me tapaba los oídos con toallas, cantaba canciones aprendidas en el colegio y, con frecuencia, me metía bajo la cama. De ese modo, imaginaba que yo no vivía allí, ni formaba parte de aquella familia que era la nuestra.
Aquella tarde, no obstante, todo fue diferente… Dos meses atrás habías ido a esperarme a la puerta del colegio. Tu brazo izquierdo, todavía envuelto con una venda, consecuencia de la última paliza, yacía ya sin escayola. Aprovechando la visita al médico para las últimas radiografías, te habías hecho un análisis de sangre, cuyo resultado parecía haberte puesto contenta, ¿te acuerdas? Hacía tiempo que no te veía sonreír de aquel modo. Y entonces me lo confesaste. Estábamos esperando un bebé.
- Ahora todo cambiará. – Me prometiste. - Él se apiadará de nosotras y nos dejará vivir en paz.
Al verte así, sentí que era una hija muy afortunada, pues consideré que poseía la madre más bella del mundo. La felicidad en la que tu corazón estaba anegado, me ayudaba, incluso, a disculpar a padre. De modo que, más por ingenuidad que por convicción, me alimenté de las mismas esperanzas que tú. Y al principio, daba la impresión de que tendrías razón, de que el sosiego reinaría por fin en nuestras vidas.

Aquella tarde, sin embargo, todo se transformaría… Tras golpearte el rostro con sus puños, se dirigió a la cocina para coger un cuchillo. Tenía previsto acabar con tu vida de un certero golpe, como si nada. Como si la vida de mi madre no valiera un comino. Como si él fuese el amo y señor de tu existencia y de mi propio destino. Así fue como recibiste varias cuchilladas, sin que yo pudiera evitarlo. Ese día, también me tapé las orejas para no oír, para evitar tanto sufrimiento, aunque tus lastimeros lamentos cesaron antes que de costumbre. De ese modo contundente fue como descubrí que la única rendija de escape, que ambas habíamos alimentado, se diluía, para siempre, en manos de la muerte. Tu asesinato y el de mi hermano, todavía en el amoroso vientre, cercenaron todas cuantas mágicas esperanzas había forjado sobre la faz de esta tierra… Yo tenía 13 años y ya sólo me quedaba él.
Aquella tarde, cuando dejé de oírte gritar, salí de mi habitación dominada por la angustia, temiendo encontrarte como te hallé: inmóvil, tumbada sobre el sofá, anegada en un océano de sangre. Él estaba tratando de ahorcarse con una cuerda que había colgado desde la baranda de la escalera. No lo pensé dos veces, llamé a la policía. Cuando los agentes llegaron, él todavía conservaba un hilo de vida, aunque tú, a pesar de mis abrazos y lamentos de dolor, ya habías fallecido. Mientras lo introducían en la ambulancia que lo llevaría al hospital y con voz casi imperceptible, prometía no parar hasta acabar también conmigo. Estaba enfurecido porque no lo dejé terminar con su existencia. Sin embargo, pensé que si mi amada madre no merecía haber sido condenada a morir, del modo en que lo fuiste, él sí debía sufrir la pena de continuar viviendo. Han pasado 2 años y permanece en la cárcel, es verdad, pero algún día saldrá y me pregunto qué ocurrirá entonces conmigo…
Querida madre, ruégale a Dios que se apiade de mí".

2 comentarios:

  1. Enhorabuena por tu escrito, al ver que no lo publicaban te iba a pedir leerlo, pues me quedé con las ganas en la entrega de premios. Yo me presentaba por primera vez a un certamen literario y desconocía si se leían los 3 tres premios.Después del asombro por la adjudicación del primer premio, me sentía intrigada por saber qué les había gustado.
    Personalmente me ha encantado tu texto. Un placer haberte conocido y mucho ánimo para seguir. Un saludo, Raquel Montiel.

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  2. Hola Raka:
    me alegro de encontrarte por mi blog. Celebro que te haya gustado mi relato. Te animo a que continúes escribiendo, lo de menos es presentarte a concursos, e incluso ganarlos. Lo que, a mi entender, distingue sobremanera a un escritor de alguien que escribe es lo que lo empuja a hacerlo. Sé tú del primer grupo, es mucho más satisfactorio. No obstante, cosas como la que mencionas son frecuentes...No te importe... Besos. Me gustaría seguir viéndote por aquí.

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