lunes, 28 de mayo de 2012

* A MI MADRE

Mientras los anaranjados destellos de la tarde se apagan, recluyendo sus brasas en los luengos brazos de la noche, se despliega en mi memoria un carnaval de recuerdos en los que siempre aparece tu rostro iluminado. Pienso tanto en ti, madre, y en tanto que añoro otros tiempos en los cuales cobijaba mis temores en tus palabras, rechazo la idea de imaginar mi vida cuando tú ya no estés en ella. Te observo caminar despacio, torpe, y procuro que tú no repares en el caudal de tristeza que me provoca tu decrepitud, anegando, a la postre, mi saliva de amargo salitre. Me hubiera gustado una existencia mejor para ti, en la que tus manos no se hubieran visto obligadas a dedicar tanto tiempo al trabajo y tu cuerpo se hubiera divertido más; una vida en la que poder tornar todas y cada una de tus muchas lágrimas en un collar de perlas blanquísimas para tu cuello de cisne. Pequeñita y tierna, dulce y jacarandosa, generosa y compasiva, daría todo cuanto poseo por volver por un segundo a tu regazo y que tú me acunaras despacio, igual que cuando todavía era una niña, igual que también yo acuné a mis hijas, pensando en ti. 
La madrugada ya ha inundado de negrura todos los espacios de mis pensamientos, pero al final de este túnel de oscuridad sé que siempre me esperarás tú, con la diáfana blancura que tu cuerpo emana, para protegerme y acariciarme, para ayudarme a recobrar la lucidez frente a los restos de tantos naufragios. El mejor momento de mi vida fue el día en que nací de ti y estoy completamente segura de que lo peor vendrá cuando el discurrir de mi navío se vea obligado a abandonar tu sombra, dejándola varada en los acantilados de otras playas lejanas; entonces vendrá lo peor, cuando no pudiendo estrecharte contra mi pecho, deba conformarme con los abrazos que aún logro darte hoy. Te quiero, madre, gracias por haberme dado la vida. 
             

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