miércoles, 21 de noviembre de 2012

* EL ASFALTO

Aquel era un lugar precioso. El recuerdo procede directamente de mi infancia. Los chiquillos gritaban, corrían, saltaban, reían, se peleaban, lloraban, hacían las paces y vuelta a empezar. También lo hacía yo. Los árboles, cómplices mudos de nuestros juegos infantiles, perfumaban las tardes con aromas a vida, al tiempo que protegían nuestros cuerpos pequeños del intenso estío sureño. La calle era el lugar para expandirse y socializar, para estropear relaciones y arreglarlas después, para desahogarse o reír... En la calle aprendimos a sentir.
Nuestras avenidas lloran desiertas. Los niños pasean a diario sus cuerpos secuestrados por los diferentes presiodios que hemos construído para ellos: la casa, el coche, el cole y vuelta a empezar: el cole, el coche y la casa... Mañana más, hijo mío. Verás la vida fluir ante tus ojos desde cualquier ventana, la de la casa, el coche o el cole.
Los chiquillos preguntan: a qué huele el aire de otoño, las prímulas en primavera, la tierra húmeda del invierno... Qué son las chicharras, cómo son las estrellas fugaces o de qué color es el arco iris.
El pavimento protesta plagado de acero.
Los niños derraman su soledad tras la pantalla de su ordenador personal.
Y yo me ahogo en este reducido espacio que nos ha quedado para habitar.

    

2 comentarios:

  1. Impresionante Texto lleno de toda la Verdad.
    Hemos construido un Mundo en el que los alborozos y risas de los niños jugando y riendo han desaparecido de los escenarios de nuestros barrios. Todo está programado desde que nacen y todo se ha vuelto más individualista...¡¡¡Una Pena!!!
    Un abrazo.

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    1. Celebro que te guste, Pedro Luis. Me he limitado a observar el mundo que hemos construido para nuestros niños y el estupor que ha generado en mí, me ha llevado a escribir este texto. Muchos besos.

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