domingo, 2 de diciembre de 2012

* AMOR DE ÁNGELES (3 de diciembre, día de los discapacitados)


Queridísima Lolita:
            Mi princesa del alma, recuerdo, como si fuese ayer mismo, el día de tu nacimiento. Tras 12 largas horas de parto doloroso, en que no era posible que empujaras por ti misma para salir al mundo, me introdujeron, por fin, en un quirófano. Trastornada por los intensos dolores y medio inconsciente logré traerte a la vida. Tras los primeros instantes de nerviosismo inicial, pude escuchar entre susurros de enfermeras indiscretas que tenías el síndrome de Down. Así fue como me enteré. Antes incluso de poder verte, sentirte o besarte, ya alguien dejó esa información prendida de mi alma. Con ella, el mundo caía derrumbado a mis pies y yo tras él.
            Los meses iniciales de nuestra vida juntas, yo te cuidaba con esmero, te alimentaba con mis pechos y te dormía entre mis brazos, sin embargo, cuando te miraba, no te parecías en nada a la hija que yo había imaginado. Quizás por eso no te sentía como propia. En aquellos tiempos, mi tosco corazón aún no había descubierto la auténtica realidad. Un maravilloso día, no obstante, en que lavaba tu cuerpo chiquito, reparé en tu rostro, entonces fue cuando te contemplé por vez primera tal y como eras. Pude comprobar cómo tus ojitos se clavaban en los míos con una dulzura infinita. Siempre has sabido distinguir a la perfección las personas que te querían de las que no y emprender después la conquista de las segundas, con una ternura que a nadie dejaba indiferente. A partir de aquel instante, cambiaste mi vida y comprendí con pleno gozo el ángel que Dios me había regalado por hija.
            Contigo, mi preciosa Lolita, aprendí que la vida necesita su tiempo para todo y que los momentos han de pasar a su ritmo para saber paladearlos. Contigo dejé de correr para vivir. Qué dulce resultó, a partir de entonces,  el sabor de los churros calentitos con chocolate, mientras te observaba a ti disfrutándolos; qué mágica, la radiante primavera inundando el aire con fragancias a vida nueva, de las que gracias a ti me percataba; qué intenso el azul del mar, cuando sonriente me señalabas que eran del mismo color que los ojos de papá. Las mariposas, las hormigas y las estrellas, que habían quedado olvidadas en el cofre de los recuerdos de mi infancia, ahora revivían de nuevo, exigiendo su derecho a existir. ¡Cuántas sensaciones placenteras he gozado a través de ti! Con qué amor me has mostrado el mundo y todos los seres que en él habitan. Con qué delicada finura has convertido mi alma en sensible para el dolor y la desgracia ajena. Siempre, agarrada de tu manita gorda y redonda, has sabido dirigir sabiamente mi destino por el sendero de la felicidad.
            Los años a tu lado transcurrieron jubilosos, pero increíblemente fugaces, de modo que te habías convertido ya en una mujer noble, espontánea, alegre y sosegada, exactamente la mujer que me hubiera gustado ser a mí. Pues qué grandes han sido los momentos de alegría junto a ti y de qué modo has sabido exigirme cuando el mundo se tornaba en un caos para mí.
            Todos los que te hemos querido, sabíamos que la vida de los ángeles es demasiado breve. Por esa razón la tuya se ha terminado hoy. Mi querida hija, Lolita mía, mi niña, te he gritado con toda la intensidad que mi locura me ha permitido, rogándote que no te marcharas. Sin embargo, tu corazón gigante no ha soportado las terribles cardiopatías que desde que naciste te aquejaban.
            Qué vacíos estarán ahora los rincones de mi casa y de mi alma sin tu presencia revoltosa y cariñosa. A pesar de que hoy te has ido para siempre, privándome de tu mano para continuar guiando este deambular que es mi vida e invadiéndolo todo de dolor y soledad, yo seguiré aquí esperándote, sentada en la antigua butaca, donde de pequeña te acunaba, sabiendo que la estrella más hermosa del firmamento brillará cada noche para mí.
                          
                                                                                              Hasta pronto, mi amor.

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