sábado, 30 de marzo de 2013

* ENCONTRAR AL CULPABLE

Peter nunca era responsable de nada en su vida. La culpa era un sentimiento que desconocía por completo. Desde pequeño aprendió que si conseguía no asumir la responsabilidad de absolutamente ninguno de los hechos que se le imputaban, su madre, a la que tenía un miedo descomunal, no podría castigarlo. Mediante ese mecanismo de protección, Peter fue eludiendo no solo la posibilidad de tener alguna culpa alguna vez, sino que también fue renunciando a la única manera que tenía de crecer por dentro. Por eso, sin saberlo, se convirtió en un adulto inmaduro, incapaz de apartarse de aquella fórmula que había aprendido de pequeño.
Un día, Peter se casó. Durante buena parte de su matrimonio consiguió que su esposa, dado el amor que le procesaba, se hiciera responsable de todas las culpas, incluidas aquellas que no le correspondían. Ella era una persona extremadamente autoexigente, que acostumbraba a pensar que por el cariño de los demás haría cualquier cosa y, además, con frecuencia callaba con todo lo que le desagradaba, de modo que cuando ya no podía más, explotaba y sus quejas, vestidas de reproches, no la favorecían en absoluto frente a Peter. Ello era la consecuencia de que a él le fuese tan fácil encajarle las culpas de todo cuanto sucedía. Teresa, entonces, se arrastraba pidiendo disculpas para todos los errores cometidos, no sin pagar un costoso tributo, pues a medida que el tiempo transcurría, se fue volviendo una persona con baja autoestima, que vivía en la creencia de estar desequilibrada, por lo que merecía lo que le ocurría y mucho más. Siempre en deuda con él, dispuesto a perdonarla incondicionalmente, le agasajaba en su trono de forma ilimitada. Y, a medida que crecía en Peter la creencia de estar en posesión de la verdad absoluta, ella se convertía en una persona cada vez más insegura y débil.       
Peter y Teresa tuvieron un hijo. También el muchacho comprendió bien que su madre era la responsable de todos cuantos males ocurrían a su alrededor. Estaba acostumbrado a oírlo desde pequeño y a verla asumir eso con naturalidad, aunque con mucho sufrimiento. De modo que, acomodado junto a su progenitor en el trono de los exculpados, tenían una vida muy fácil, donde habitaban convencidos de merecer todo lo bueno de aquella existencia. Cuando la esposa y madre trataba de zafarse de sus responsabilidades y culpas, segura de que no siempre eran suyas, ambos la obligaban a volver al redil utilizando todo tipo de recursos, incluso decidieron hacerle creer que estaba loca. Pero también en eso ella claudicó. A partir del instante mismo en que Teresa decidió aceptar que su familia la alejara de ellos, enviándola a donde los desequilibrados son recluidos, ocurrieron muchas cosas hermosas y verdaderas.
En aquel lugar espiritual donde Teresa comenzó a vivir una nueva vida pudo, por fin, encontrarse a sí misma sin mentiras, alejada de las culpas de los demás y asumiendo exclusivamente sus propias responsabilidades. La anciana fue entonces intensamente feliz.
Peter y su hijo cayeron en la cuenta de que se habían quedado sin nadie a quien culpar de todo y comenzaron una lucha sin cuartel en la que ambos trataban de culpar al otro. Sin capacidad para el autoanálisis, se separaron definitivamente, tratando de encontrar cada cual su camino, con un único objetivo: hallar a alguien a quien echarle la culpa de todo. 

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