jueves, 18 de abril de 2013

* CARTA DE NAVEGACIÓN

Tempestades, turbulencias, tormentas cabalgan agitadas en el interior de mi corazón a la espera de que, presuroso, me llames a ti.
-Soledad… - Exclamas por fin.
Las sílabas de mi nombre, mecidas por tu aliento, se tornan en diáfanas estrellas que iluminan el obscuro universo de mi naufragio. Es entonces cuando un torrente de lluvia fresca inunda cada anhelante poro de mi piel, en tanto que, al erizarse, el vello transforma en selva boscosa las ensenadas tristes de mi cuerpo. Aquí estoy una semana más, como cada una de las que conforman mi vida durante los últimos años, a la hora en que tú has decidido darme cita para navegar conmigo, convirtiendo así el desierto de mis días en un caudaloso océano de ilusiones.
- Desnúdate. - Me solicitas con la voz embadurnada por cálidos almíbares y yo, cual abeja golosa, obedezco atraída por su dulzor.
Lentamente me desprendo de las vestimentas que separan mi cuerpo de tus manos y mientras lo hago, mariposas salvajes agitan sus alas en la boca de mi estómago, plagándome entera de apasionada inquietud. Retiro en primer lugar mi abrigo, que deposito con parsimonia sobre la percha; entretanto tú preparas mi música preferida, haciendo sonar al Beethoven épico y turbulento de la Sonata Appassionata.  Después me desprendo de la blusa, que coloco con esmero sobre el respaldar de la silla; tú bajas la intensidad de la luz que ilumina la sala. Finalmente, mientras te acercas hasta mí con embaucadora sonrisa, yo desabrocho el sujetador de negra blonda que enclaustra mis senos, libertándolos para ti, el único amor de mi vida.
- Túmbate boca abajo.
Obedezco porque mi navío se hundiría de no estar anclado en la orilla de tus costas. Así me dispongo para que las yemas de tus dedos tripulen por los complacientes arrecifes de mi espalda y, mientras se deleitan con detenimiento en los escarpados acantilados de mis costillas, un escalofrío racheado me recorre la cintura. El tacto caliente de tus manos solivianta con su agitado vaivén las profundidades coralinas de mis lujuriosos deseos. La razón de mi existir comienza y termina en tus dedos marineros.
- Date la vuelta. - Me ordenas con la enérgica contundencia del firme comandante.
Obedezco porque mis días serían icebergs de helada soledad a no ser por tus caldeadas aguas tropicales y mis pechos, dos anémonas de mar, dormirían en profundo letargo ocultos en la turbidez de los fondos marinos. Los poros de mi piel, esqueletos calcáreos en tu ausencia, se abrazan, como si de hábiles algas se trataran, a los promontorios de tus brazos. La proa de mi barca cimbreante se precipita con premura a tu bahía, en tanto que tus aguas tiñen de esmeralda las orillas de mis sueños.  
- Puedes vestirte. Hemos terminado.
¿Hemos terminado? Pienso. Si acabo de llegar. Si…
Un fiordo de frío estaño cae sobre mi embarcación hundiéndola por completo. El caos vuelve a instalarse en la vida de esta vieja que soy, como una nube parda se extendiera con rudas zarpas por todo el cielo, cubriéndolo de oscura negritud.
- Soledad, la hora para el masaje de la próxima cita. - Exclamas con voz distante, mientras me entregas una nota.
Toda una semana por delante lejos de tu cuerpo… ¿Hacia qué perdidos destinos me dirigiré sin que tus templadas manos gobiernen mi timón? La vetusta madera de mi navío se torna leproso tronco carcomido porque anciana de años y encorvada de soledades, solo existe una ilusión en este navegar sin rumbo cierto que es mi vida: atracar para siempre en las límpidas arenas de tus playas.


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