lunes, 15 de abril de 2013

* COMO LA TIERRA ESTÉRIL


A veces la empatía con cierto tipo de jóvenes se hace complicada, sobre todo si entre los hábitos de que hacen costumbre es: burlarse de los ancianos, faltar el respeto a los adultos, saltarse las normas sin argumentos, divertirse con el destrozo del mobiliario urbano, vivir sin ninguna meta, consumir cualquier tipo de sustancia tóxica como forma de entretenimiento…
Suele decirse que proceden de ambientes muy deprimidos, desde el punto de vista social, económico, cultural, aunque no siempre. Los padres son los responsables de estas actitudes en sus hijos de dos modos: no inculcan límites a sus conductas, (por comodidad o desinterés), por lo cual acaban haciendo de ellos personas impulsivas, que exigen todo cuanto desean de forma inminente, a las que no les importa cómo lograrlas. En segundo lugar, cuando se les recrimina el comportamiento de los hijos, les justifican y defienden de modo abnegado, incluso ante lo injustificable, incluso frente a conductas delictivas (quizás tengan un erróneo concepto de la paternidad y la maternidad). Sin embargo, una vez avanzado el proceso de descomposición, llega un momento en que esos mismos padres se quejan, mostrándose como víctimas de sus propios hijos, cuando los monstruos acaban por engullirlos también a ellos. Desafortunadamente, ambas posturas contribuyen a hacer de ellos, a la larga, “carne de cañón”.
Una juventud productiva, creativa, respetuosa, no manipulable, dialogante, pacífica, solidaria, con ideas propias…, no se hace sola. Es imprescindible la autoridad familiar, la disciplina escolar y la cooperación entre ambos.  Sin ninguna duda, queda mucho en lo que debemos trabajar.

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