jueves, 4 de abril de 2013

* ESTAR EN BABIA

Desde pequeña no era extraño que en el colegio los profesores, tanto como en casa mis padres, acostumbraran a llamarme la atención por "estar en Babia", y en muchas de esas ocasiones llegaron a reprocharme "estar pensando en las musarañas". A mí me desagradaba que tantos los unos como los otros no me dejaran en paz con mis pensamientos, casi siempre muy lejos de allí, y, por ser yo una chiquilla obediente, regresaba al lugar donde estaba siendo reclamada, aunque a regañadientes. 
Con los años tuve la curiosidad de saber por qué todo el mundo y a lo largo de toda mi vida me habían enviado tantas veces a Babia, descubriendo, para mi sorpresa, que ésta es una región de León, donde durante la edad media los reyes y príncipes iban a desconectar de las intrigas palaciegas por la belleza idílica de la comarca, mientras practicaban allí el deporte de la caza.   
Hoy, durante el recreo, un alumno me instaba a que le dijera alguna de mis palabras preferidas, de inmediato supe que sería una y exclusivamente esa la escogida, por eso le dije que el vocablo que más me gustaba era "musaraña". Lógicamente el chiquillo, extrañado, me preguntó por qué. Y es que a pesar de que una musaraña es un bichejo no dotado de una gracia particular, provisto de un hocico alargado que lo asemeja a un ratoncillo, para mí una musaraña es el lugar donde acostumbro a marcharme cuando pienso en flores gigantes de embaucadores aromas, cuando sueño con guerreros de fornidos brazos y glúteos apetecibles, cuando añoro sentarme a la orilla de un caudaloso río donde puedo dialogar con amigos a los que adoro, pero, sobre todo, es la oportunidad de imaginar un lugar donde miles de jóvenes retozan tumbados en la fresca yerba con un libro entre sus manos.

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