sábado, 22 de junio de 2013

* LA LUZ DE LAS COSAS HERMOSAS

En caso de que supiera que son pocos los minutos que me restan por vivir, saldría corriendo a llenarle la cara de besos a mis hijas y a mis seres más amados; les susurraría, sin derramar ni una sola lágrima, lo mucho que los quiero y lo inmensamente feliz que ha sido mi vida teniéndolos en ella; les aseguraría que no los cambio por nada ni por nadie y les juraría que, si volviera a nacer un millón de veces, los querría a todos y a cada uno de ellos a mi lado. Les pediría perdón por no haber tenido siempre una actitud coherente con el infinito amor que les profeso, aunque yo sé que ellos me han perdonado antes incluso de cometer mis errores, así lo he querido creer y así me lo han hecho sentir a lo largo de toda mi vida. Les leería, a continuación, mi testamento vital, aclarándoles que el mayor de mis tesoros son los libros, en particular, los que han nacido de mi mano y adquirido vida en el fondo de mi propio corazón y, muy especialmente, mis poemas, los verdaderos delatores de mi alma. Abriría esos libros e iría arrancando una a una sus páginas y repartiéndolas entre ellos, aclarándoles que entre las líneas o personajes o versos de esas letras están todas las cosas hermosas que ellos me enseñaron y las terribles que la vida me obligó a experimentar. Reposaría por última vez mis ojos sorprendidos sobre el milagro de las flores de mi jardín, acariciaría el lomo mullido de mi perrita y me marcharía, finalmente, a compartir mis definitivos segundos frente al mar. Allí me dejaría morir plácidamente, sin prisas, sin oponer resistencia, de una manera radicalmente contraria a la que ha transcurrido mi vida.     
          

2 comentarios:

  1. Ea, ya sabes lo que tienes que hacer. Apúntatelo bien no sea que luego te pongas en plan luchador y le pegues un palizón a la Parca. Muchos besos, preciosa.

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  2. ¡Qué miedo me da morirme, José Felipe! Besos mil.

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