martes, 24 de enero de 2017

*LA BISABUELA

La mujer comprendió que aquel volumen de agua que mojara sus tobillos no procedía de los cielos. Los últimos días de septiembre lanzaban sus huesos contra los campos de algodón, en que una muchacha portaba un saco repleto de madejillas. El sol se empeñaba, testarudo, en calentar las lomas del hermoso valle sureño. Pero no, se repetía ensimismada, la humedad que empapa mis rodillas no es producida por las pisadas a inexistentes charcos. No ha llovido aún, el otoño se resiste a irrumpir y la aridez sobre la tierra esculpe secos dibujos. Es verdad, debería de llover. Entonces... por qué estoy mojada? La mujer apartó, no sin serias dificultades, su saco, en cuyo interior iría depositando parsimoniosa las nacaradas bolitas de algodón. Sus faldas estaban empapadas por un líquido sanguinolento. Era la abuela de mi madre que daba a luz en los campos a su séptima hija. Después, limpió con la blusa la carita de la recién nacida y se marchó a su casa caminando. Caería la noche cuando el resto de la familia supiera que otro hijo aumentaba en una las bocas que alimentar. Por eso, al día siguiente, antes de la amanecida, la misma mujer del día anterior volvió a colgar su saco sobre la cadera, olvidando los recientes y perturbadores dolores del parto, para nuevamente llenarlo con bolas antiguas de algodón nuevo. 

2 comentarios:

  1. Precioso relato, querida amiga. Estoy encantado de que hayas vuelto. Besos.

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  2. Gracias. Lo sé. Me queda mucho aún, el recorrido para la restauración es complicado. Las imágenes del dolor no son fáciles de borrar. Pero estoy segura de que poco a poco la vida me ofrecerá riachuelos de vida nueva por los que navegar. Un beso y un abrazo.

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