miércoles, 28 de octubre de 2009

* UN VAGABUNDO Y TRES DESEOS

Cierto día, un anciano vagabundo, cuyo nombre nadie recuerda, soñó que el genio de una lámpara maravillosa se le presentaba, de repente, y le preguntaba: ¿qué tres deseos quisieras que te fueran concedidos en la escasa vida que te resta por vivir?Para poder patear bien el pequeño trecho de vida que aún me queda - dijo el hombre-, desearía que jamás me faltaran unos buenos zapatos, con los que proteger mis pies de sus escollos. Las zancadas ya las pongo yo.
En segundo lugar, necesito la luz tenue de un candil, con el que iluminar los rincones del entendimiento. Los pensamientos ya los elijo yo.
Finalmente, quisiera obtener el secreto elixir del olvido, para borrar mis errores y el rostro de mis enemigos.
El maravilloso genio se los concedió.









* EN LOS RINCONES DE LA MEMORIA

Cuando hace ya tres años, pedí a mis alumnos que rescataran los recuerdos más antiguos de sus abuelos y abuelas, el resultado de algunos de ellos fue tan primoroso que me dejó gratamente sorprendida, por lo que os lo dejo en mi blog para disfrute de todos. Aclarar que dichas composiciones fueron realizadas cuando estaban en 3º ESO, actualmente continúan siendo mis alumnos, pero ya hombres y mujeres que cursan 2º de bachillerato.
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Los Benítez tienen procedencia malagueña, más concretamente son de Cuevas de San Marcos. Se cuenta en mi familia que, la guerra civil allí tuvo consecuencias devastadoras, pues gran parte de la población murió en la contienda. Durante el franquismo, fueron habitantes de este pueblecito, entre ellos mi abuelo y su padre, quienes contribuyeron, trabajando muy duro, en la construcción del pantano de Iznajar. En Cuevas nació José Benítez Ruano, mi padre, quien poco después se trasladaría con toda su familia a Palma del Río, donde mi abuelo Antonio compró una casa, que todavía se conserva, situada en la calle Salvador nº 64. Los demás hermanos de mi padre nacerían en el Calonge, donde obtuvieron unos terrenos por parte del General Franco, como premio a la construcción del pantano.
Los Punzano proceden de Jaen, concretamente de Linares, allí nació mi madre, Mª José Punzano Vázquez. Las dificultades económicas hacían imposible la subsistencia allí y la lucha por la vida les llevó hasta el Calonge, donde la obtención de tierras de cultivo les permitió sobrevivir a la familia, en general, y conocerse a mis padres, en particular. Su grandiosa historia de amor comenzó cuando mi madre bailaba en un guateque de la época, José se enamoró de ella nada más verla y la invitó a un Martíni, luego la acompañó a su casa y antes de despedirse le hizo saber lo mucho que le gustaba. Desde entonces llevan 29 años juntos, sin separarse ni a sol ni a sombra. De su romántica relación nacimos Sonia, José Antonio y yo. Aprovecho el momento para saludar a todos ellos y enviarles un beso.

JAVIER BENÍTEZ PUNZANO

Mi familia paterna es oriunda de Ciudad Real, de ahí que casi todo el mundo en nuestra localidad, Palma del Río, llame a mi abuelo “el manchego”. De los miembros que componen esta familia yo destacaría la vida de Antonio Blanco Cumplido. Las azarosas aventuras de su existencia le han llevado a realizar tareas tan duras como la de arriero, cuando tan sólo tenía 13 años. Además fue emigrante, durante los duros años de la posguerra española. Para poder combatir las penalidades de la época se vio obligado a marchar a Francia, en concreto vivió durante algún tiempo en Villaleis y Troye, donde desempeñó tareas como agricultor. A su regreso a España se instaló en Palma del Río, donde regentó un bar, famoso en los contornos por sus exquisitos quesos. Aquí nacieron sus hijos Antonio y Francisco. De Antonio Blanco Montero y Mª José Montero Galán, mis padres, vinieron a esta tierra andaluza sus nietos Antonio José, Jesús y Mª Belén.

JESÚS BLANCO MONTERO

Los padres de mi abuela paterna, Antonio y Reyes, trabajaban en un cortijo durante la guerra y recibían numerosas visitas de los milicianos que, atraídos por el hambre, aparecían de manera violenta en busca de huevos, verduras, animales… En cierta ocasión se acercaron a la finca con la intención de robar, cuando el perro de mi bisabuelo los detectó, y comenzó a ladrar. Asustado por los insistentes ladridos, uno de los ladrones sacó una pistola y le disparó al intrépido animal. El atronador ruido alertó a Antonio, quien lamentando la pérdida de su fiel canino, no pudo contener su ira y abofeteó al asesino, el cual disparó sin contemplaciones a mi bisabuelo en una pierna.
Mis bisabuelos maternos, Juan y Francisca, de origen antequerano, eran panaderos. Durante la guerra pudieron subsistir gracias al intercambio de productos: a cambio de harina, ellos devolvían pan recién hecho, etc. No obstante, la posguerra se les presentó tan dura que el molino, del que eran dueños, tuvieron que trocarlo a cambio, sencillamente, de un cerdo. Malos tiempos fueron aquéllos para la gente humilde que tendría que ingeniárselas de modo inteligente y gracias a cuyo esfuerzo hoy nosotros tenemos tanto o más de lo que necesitamos.
Finalmente, la última generación de esta familia la constituye Cristina, Juan Diego, Carlos y un servidor, nacidos todos de la unión entre Antonio Cabrera Arjona y Mª Carmen Aguilera Anguilera, que son unos padres excelentes.

ANTONIO CABRERA AGUILERA
Ángeles Muñoz, mi abuela paterna, padece esa terrible enfermedad de los últimos tiempos llamada Alzheimer, por eso su memoria es débil y quebradiza. Cuenta que entre sus recuerdos de niña está uno que repite siempre, la guerra civil se resume en un miedo grande y hondo, frente a un escenario donde unos hombres con unas capas muy largas entraban en las casas, para salvar a las familias y desocupar las viviendas. Ella recuerda muy pocas cosas más, pues su memoria se ha quedado perdida en el tiempo de su pasado. Lo más curioso de la vida es como, a veces, las historias se repiten. De mi abuela Ángeles puedo decir que se casó con José Morales, herrero de profesión, siendo prima segunda de éste. Mi padre, José Antonio Morales Morales, contrae matrimonio con mi madre, Mª Carmen Rosa Muñoz, siendo primo segundo de ésta ¿No es interesante?
Aunque mi abuela materna Carmen es natural de Hornachuelos, tuvo ocasión de conocer a mi abuelo en una de las ocasiones que visitó, junto a su padre, el taller donde trabajaba José, como mecánico tornero. Desde el mismo día en que se vieron por vez primera se enamoraron para no volver a separarse jamás. Las historias de amor viajan, a veces, incluso más rápido que el tiempo.

ZORAIDA MORALES ROSA

Cuando, hurgando en las raíces de los míos, descubro historias sobre la guerra civil, siempre pienso en ella como un terrible estrago que debió sacudir los cimientos de todas las vidas de una manera muy profunda. En el año 1936, la contienda estaba en plena efervescencia y mi tatarabuelo, el padre de mi bisabuelo Antonio, fue uno de los que murió en la famosa “fila” del Palacio, en una ejecución vengativa contra gente inocente, de manera cruel y sin sentido. También mi bisabuelo, es decir, su hijo estuvo a punto de morir en ella, sin embargo y reclamado para que fuera a ese lugar, le avisaron con tiempo de salvar la vida. Los cadáveres de esta cruenta ejecución fueron enterrados en una fosa común donde la mayoría de las víctimas perdieron no sólo su vida sino también la propia identidad, robando a sus familias el derecho a un lugar donde poner flores a sus muertos.
La mayor parte de mis antecesores procede de Palma del Río y sus contornos (La Carlota, Écija…), algunos han tenido que emigrar, por lo común, a Barcelona y todos han sido trabajadores agrícolas, que han fraguado muchas de sus historias de amor en torno a las romerías locales. Hombres de manos ásperas por las abrasadoras mañanas de los campos y de almas templadas, como lo son las de la gente sureña.

SERGIO MORENO GAMERO

Mi abuela Belén Caro López me ha contado que durante la guerra capturaban a las mujeres, que tenían que ver con la política, y las rapaban, les daban aceite de ricino y las paseaban, medio desnudas, por todo el pueblo, para avergonzarlas y humillarlas. Se contaba que a algunas llegaron a tirarlas vivas dentro de pozos y a otras las violaron, incluso siendo muy niñas, delante de sus familiares, para acabar finalmente matándolas.
Mi bisabuela materna, Dolores Madero Carmona, vivía junto a sus padres en una casita cerca de la estación. Allí conoció a mi bisabuelo, Antonio Barrera Paloma, que trabajaba para la RENFE. A base de verse un día tras otro, y hablar, y reír, juntos, de las mismas cosas, y compartir, quizás también las mismas inquietudes, descubrieron su amor y se casaron.
Mi bisabuela Rosario se enamora de José Cobos, “el chinita”, después de muchos años de amistad. Ella siempre decía que no tenía ni un sólo recuerdo de su pasado donde no apareciera el abuelo José. Nada hubo en el mundo que lograra separarlos, salvo la muerte. El pobre José tuvo que sobrevivir sin ella desde 1986 hasta 1993. Cuentan que sus ojos se perdían juguetones y la mencionaba, mientras reía en la oscuridad de sus dulces recuerdos.
Juan Caro Tubío, corredor de profesión, y Carmen López Rosa, también bisabuelos paternos, murieron muy jóvenes: él a los 50 años, ella a los 66.
Manuel Navarro Limones y Rosario Serrano Domínguez eran agricultores y allí se verían por primera vez, en las tierras de cultivo, junto a sus sombreros de paja y sus aperos de labranza.
El devenir de los tiempos transforma las posibilidades de las personas y las recientes generaciones han podido, por fin, abandonar el duro pasado agrícola. Mariano Navarro Caro hoy es policía local y su apasionada historia de amor, que un buen día nació durante un baile discotequero, con Rosario Cobos Barrera es, en la actualidad, una promesa hecha realidad, fraguada en sus hijos Mariano, Lorena y yo.

BELÉN NAVARRO COBOS

Aquel día bendito de 1939 el tren de mercancías se detenía en la estación hasta quedar parado definitiva y lentamente. Un hombre, deteriorado y envejecido, sin ser viejo, se apeó del tren, dirigiéndose, con un atillo liviano a las espaldas, hacia la casa de sus familiares. Era imposible, no podía ser él, exclamaron todos, debía ser un fantasma, que venía del otro lado para advertirles de una desgracia próxima. Sí, era Francisco Sánchez Muñoz, padre de mi abuela Josefa, que había huido durante la guerra civil a Jaén, temiendo por su vida, mientras todos le habían dado por muerto. Su simpatía por el bando republicano motivó que las cientos de cartas, escritas a su esposa e hijos, jamás llegaran a su destino. No era otra cosa que la venganza de un cartero que lo conocía y a quien, cansado de haber jugado con él toda su infancia y bebido miles de cafés en las tardes juveniles, un día le dijeron que Francisco era su enemigo.
Mi abuela Josefa Sánchez Colomé, la huérfana de un padre que no había muerto, relata cómo la guerra la sorprendió cuando contaba sólo 8 años de edad. Asustados por las balas huyeron al campo y recuerda cómo una de esas balas fue a dar en el moño de su madre, destrozándoselo por completo. Revive en ella el miedo, la huída, la ausencia de un padre silente y sus ojos se emocionan embargados de tristeza.
José Onetti Rosa y Encarna Olmo Olmo recuerdan las cartillas de racionamiento, el sabor de los garbanzos, escasos y escurridizos en el plato, cuando los había, así como las fatiguitas de los 9 años, guardando ganado. Pepe dice que la guerra fue dura y el hambre traicionera pero que, a pesar de todo, tuvieron mucha suerte porque, por fuertes o por afortunados, pudieron continuar viviendo.

ANA ONETTI CARRANZA

Antonia Regal y Francisco Moreno, mis bisabuelos no encontraron otro medio mejor para combatir la necesidad que trabajar de sol a sol como agricultores. Después vendría la guerra y Francisco se vio obligado a participar en ella, para posteriormente ser encarcelado y condenado a morir. Antonia, que lo amaba con locura, sabía que tenía que hacer lo que hiciera falta para evitar la ejecución de su marido y así lo hizo. Habló con comandantes, rogó encarecidamente a jefes, suplicó horrorizada a todo tipo de mandos en manos de quienes estaba la vida de su hombre. Y finalmente, lo consiguió, Francisco logró sobrevivir merced a las abnegadas y encarecidas súplicas de su esposa.
Mi bisabuelo Manuel Cepeda tuvo una vida muy corta, nació en 1899 y murió en 1953, pero además no pudo disfrutar de sus hijos durante los años en que la guerra le obligó a participar en ella. En ese tiempo de ausencia, su esposa e hijos tuvieron que subsistir dedicando su vida al campo, desde bien pequeños. Esa historia se repite en muchas familias, en las que la supervivencia de sus miembros quedó a cargo de mujeres, ancianos y niños; también en la mía fue así.
Todos los componentes de mi familia se han ganado bien la pequeña parcela de tierra donde descansan eternamente, porque han visto cómo sus manos de niños se hacían ancianas trabajando el terruño y sus uñas ennegrecidas nunca debieron haber sido obligadas a empuñar otro arma que no hubiera sido una azada, pues en sus corazones no había otra idea que la de satisfacer el hambre de los suyos. ¿Desde cuándo ese es un pecado merecedor de ejecución?
Antonia López, mi madre, se casó con Manuel Pérez, mi padre, que es también un hombre de la tierra, de quien me siento plenamente orgulloso y cuyos hijos Sonia, Paulo y yo son su mejor cosecha.

ANTONIO PÉREZ LÓPEZ

D. Virgilio era entonces sacerdote en Guadalcázar y, durante lo fatídicos años de precariedad, iba pidiendo por los cortijos para repartirlo entre los más pobres de caridad. Mi bisabuela materna, Antonia Hernández Martínez, era una mujer que vivía con cierto desahogo, si tenemos en cuenta las condiciones en que se hallaban el resto de las personas. Siempre tenía detrás de la puerta principal un saco de legumbres preparado para cuando fuesen pidiendo. Una mujer de alma caritativa y de gran coraje, pues su hijo Juan, nacido de su amor con mi bisabuelo Ricardo, fue enviado al frente, concretamente al Ebro, donde se produce la famosa batalla, conocida por ser especialmente cruenta y sanguinaria, al perder la vida allí miles de personas en un enfrentamiento sin tregua. Si aquellas aguas hablaran, dirían los muchos cadáveres que tuvieron que contemplar, flotando durante meses al capricho de la corriente. Antonia fingía estar enferma y además, proporcionaba a las autoridades militares buenas cantidades de alimentos, para así conseguir que su Juan fuese traído del frente durante algunos días. Entonces ella aprovechaba la ocasión para cuidarlo. Entre los eucaliptos situados frente al cortijo había gente pobre establecida, donde se habían escondido para protegerse de la muerte. Había una mujer recién parida entre ellos que pedía a mi bisabuela el suero sobrante de haber hecho queso, con el fin de poder alimentar a su pequeño.
Tiempos difíciles, donde la caridad era un valor muy hermoso en las personas cristianas.

JUAN SÁNCHEZ GARRIDO

Saqueos en los cortijos, en las casas; muertes, sangre, violaciones. Esos son los recuerdos de mis familiares frente a la guerra. Y hambre, necesidad, privación, durante la oscura posguerra. Sin embargo, un milagro…
En el convento de San Francisco se presentaron aquel día, aprovechando la impunidad de un lugar santo; bajaron a la Virgen de Belén de su altar y le prendieron fuego. Cuadros de mucho valor desparecerían también en el mismo acto intolerante. De las llamas sólo se salvaron las manos de la Virgen, que se conservaron gracias a la Divina Providencia y que son las mismas manos que poseen la imagen actual. Para muchos creyentes el mensaje que se deduce de tal hecho es que la Santísima Virgen nos transmite tranquilidad al demostrar que, ocurra lo que ocurra, los palmeños siempre estaremos bajo las manos inquebrantables de su protección.
Mi abuela cuenta que, Pascual y Belén ofrecieron comprar al pueblo una nueva imagen de la Patrona si durante aquellos duros años de hambruna, su cosecha de habas era buena y abundante. No obstante, una fuerte helada quemó las flores de la plantación y las esperanzas se esfumaron como las nieves en el deshielo. Al cabo de unos días, un tibio aliento del sol logró revitalizar la cosecha, que ese año fue rica y fructífera. Las manos protectoras de la Virgen estaban allí de nuevo para socorrer a los palmeños que piden con profunda devoción.
No sabe mi abuela si el matrimonio cumplió su promesa. Lo cierto es que una nueva imagen de la Virgen de Belén lució poco después hermosa y noble en su ermita, con las mismas manos maternales de una Santa.

ADELA SÁNCHEZ GONZÁLEZ

Tanto mi bisabuelo José María y su esposa Josefa, como sus consuegros Josefa y Rafael se conocieron y se hicieron novios en el campo, cogiendo aceitunas. Todos lograron sobrevivir a la guerra, excepto Rafael, que no pudo criar a sus hijos porque lo asesinaron en ella. Un día de los Santos paseando por la calle Feria, sus hijos, Juan María Nieto Palma y Pilar Ariza Caro se vieron por vez primera y cayeron rendidos el uno por el otro. Algún tiempo después, y ya casados, él le confesaría a ella que, al verla, pensó: “es la mujer más guapa que he visto en mi vida, no la dejes escapar, tonto, que otra igual no encontrarás”. E hizo caso a su conciencia. Ella se reía cuando lo escuchaba hablar así.
Rafael Domínguez Santiago tenía un primo cuya casa frecuentaba Rafael, pero también acudía a ella, en ocasiones, Rosario Muñoz Medina. Muy pronto se enamoraron y gracias a ese cariño que se tenían les fue posible superar tantos problemas que luego, y con motivo de una larga guerra, les vendrían. Subsistieron con muchos apuros y sacaron adelante a sus hijos trabajando como hortelanos. Ellos eran los padres de mi abuela Adela, quien se casó con José Sánchez Bracero, hijo a su vez de Ángeles, costurera y Bienvenido, un torero de tronío en su juventud, al que le faltó un cuarterón para ser estrella internacional, conocido como “el niño de Palma del Río”. Me siento muy orgulloso al pensar en él y en el valor que debía tener para ponerse delante de un fiero animal, de las dimensiones que un toro tiene.

SERGIO SÁNCHEZ NIETO