viernes, 13 de abril de 2012

* LAOCONTE Y SUS HIJOS COMIDOS POR SERPIENTES

Lo triste no era el apartamiento a que me veía sometido, más lamentable aún era el desprecio de otras tantas ocasiones y lo verdaderamente doloroso llegaba a ser, sin duda, la indiferencia de casi siempre. Cuando esos sentimientos se instalaron en mi alma, la soledad se hizo gigante, invadiéndolo todo de sufrimiento. 
Estaba enfermo. No había elegido mi condición de apestado leproso, sin embargo, sin pretenderlo, me estaba pudriendo lentamente, a la vista de todos y ello producía en los que me querían un rechazo culpable, que los lesionaba a ellos y me quemaba ardientemente a mí. Por entonces, se creía que la enfermedad que padecía era un castigo divino, motivada por mi conducta vital algo disipada y libertina. En realidad, siempre propendí bastante a la bohemia y esa concepción tiene un precio que, tarde o temprano, es obligatorio librar; no siendo, en pocas ocasiones, bastante elevado. Empero, no fue elección mía. Mi genética controvertida y mi sensibilidad extrema, unidas a la incapacidad para mis propias derrotas, me fueron situando al borde de precipicios que no supe sortear.


A pesar de pagar con creces mis pecados, cuales fueran, debo afirmar que solo vislumbro dos caminos: doblegarme o luchar. Y he escogido el segundo. Tengo la absoluta seguridad de estar a las puertas de una dura batalla, de la que no saldré ileso, mas también reconozco que, si no llegara a resolver estos asuntos de mi existencia actual, no podré tener otra vida jamás.
Una lección he aprendido, sin embargo, sumido en estos recovecos de la indigna adversidad: para la gente que nos ama, no existe delito, por grave que éste sea, que se sobreponga al perdón.